Argentina,
 
 
   

Jorge Abelardo Ramos y América Latina: un país

Autor: Norberto Galasso | Revista Veintitrés

La revista Veintitrés publicó una serie de 20 fascículos a cargo de Norberto Galasso, acerca de la historia y la historiografía argentinas. El autor dedicó varias líneas a Jorge Abelardo Ramos en los números 10 y 11 de la colección, aparecidos con fecha 11 y 18 de agosto de 2005, respectivamente. Se transcriben los párrafos referidos a Ramos y se agrega una carta enviada por Daniel V. González a la redacción de la revista Veintitrés, que no fue acogida en sus páginas.

 

De militancia anarquista en su adolescencia estudiantil, Ramos pasa al marxismo bajo la influencia de Adolfo Perelman, uno de los integrantes de “Frente Obrero”.
Pero, hacia 1945, toma su propio camino lanzando la revista Octubre N° 1, producto de una alianza con sectores del trotskismo caracterizados por su incomprensión de la cuestión nacional. Así, Ramos no alcanza a comprender la importancia de los sucesos ocurridos el 17 de octubre de 1945: “El coronel Perón explota en su provecho esa política traidora del stalinismo y consigue arrastrar a algunos sectores obreros políticamente atrasados detrás de su aventura demagógica. Cuando finalmente es expulsado del poder por Campo de Mayo, cuya oficialidad comprende que la situación del Ejército se ha vuelto difícil, Perón moviliza a esos sectores obreros, incluidos los trabajadores de la carne (que dan la espalda al stalinismo por sus reiteradas traiciones) y con la ayuda de la burocracia estatal y la policía los lanza a la calle en una demostración de fuerza. El Ejército, impresionado por el gabinete oligárquico proyectado por el Dr. A. Alvarez y por las demostraciones peronistas, teme represalias y un regreso directo al 3 de junio. Entonces, se plantea una transacción entre las distintas tendencias militares y se forma un gobierno ‘neutral’: manos libres a Perón para presentar su candidatura con la benevolencia del aparato oficial y garantía de comicios libres que presuntivamente devolverán al Ejército el prestigio perdido. Mientras las fracciones militares se tiran el poder entre ellas como una pelota, el proletariado permanece quieto y callado y como quería el coronel, ‘va del trabajo a casa’.”
Hacia fines de 1946, Ramos sella un acuerdo con “Frente Obrero” y revisa su posición. Al publicar el N° 2 de Octubre, señala, con el entusiasmo surgido de una mala conciencia, que tanto “Frente Obrero” como Octubre reconocieron la importancia del emergente peronismo en aquellos días decisivos del ’45, afirmación que no condice con lo publicado un año atrás en Octubre N° 1.
Esa vinculación de Ramos con “Frente Obrero” lo conduce a participar de las ricas polémicas internas del grupo, en esa “militancia hacia adentro” que estiman la única posible, dado el decisivo y abrumador vuelco de los trabajadores hacia el peronismo. Como resultado de esos debates, Ramos juzga –en 1949- que se encuentra en condiciones como para abordar, desde el marxismo, una interpretación de la historia argentina. Así nace América Latina, un país. Su historia, su economía, su revolución (Ediciones Octubre, 1949).

Este libro se singulariza porque, hasta ese momento, la interpretación de nuestra historia abordada desde las diversas variantes de la izquierda ha respetado sucesos y próceres de la Historia Oficial, aunque a través de una fraseología materialista dialéctica (lo que se ha denominado “mitromarxismo”). En cambio, se trata, ahora, de un ensayo que disiente con la Historia Oficial, en nombre del marxismo. Sin embargo este cuestionamiento se realiza desde una posición extremadamente influida por el revisionismo nacionalista.
Al igual que los nacionalistas –pero en nombre del marxismo- Ramos se limita a cambiar el signo de valor de los próceres y antipróceres de lo cual resultan un Moreno y un Belgrano “nutridos del librecambismo británico y cuya política fue antinacional por excelencia” (pág. 73) y un Rosas “que permitió de hecho un desarrollo autónomo de la economía argentina” (pág. 92). El nacionalismo de América Latina, un país se comprueba, especialmente, por su abominación de todo liberalismo, descartando una posición democrática nacional: “La Revolución Francesa, fundamental y fecunda para la lucha contra el feudalismo europeo antihistórico, resultó funesta para la evolución latinoamericana”.
Estas posiciones provocan el entusiasmo de Manuel Gálvez, quien felicita a Ramos en una carta donde le anuncia que ha colocado un ejemplar del libro en la biblioteca del Jockey Club para que sus socios puedan tener el gusto de leerlo. Del mismo modo, José M. Rosa señala que “saludamos alborozados la conversión al rosismo de los trotskistas”, aunque no disimula que le produce temor esta izquierda “que tiene los ojos bien abiertos y sabe adónde asienta el pie”.
El libro, en la medida en que su autor se declara “marxista”, preocupa al diputado peronista (de extracción conservadora) Emilio Visca, titular de una comisión censora, quien procede, poco después, a su secuestro. Este suceso lo convierte a Ramos en personaje de dimensión política suficiente como para asumir la representación de “Frente Obrero”, aun cuando al grupo le disgusta profundamente la deformación nacionalista del ensayo.
Aurelio Narvaja recuerda: “Cada vez que pudimos, fijamos nuestras posiciones con la mayor nitidez y claridad, pero podíamos hacerlo muy pocas veces y apenas éramos oídos. Frente a la realidad hostil, debimos realizar acuerdos temporarios con Ramos, a pesar de la desconfianza que nos inspiraba. El, que tenía predisposición y habilidad suficiente para curvar las ideas ante las enormes presiones del ambiente político, se convirtió en el gran difundidor de nuestras posiciones. Las divulgaba, al tiempo que las deformaba. Esa es, repito, la gran tragedia de la Izquierda Nacional”.
Inmediatamente después de la aparición de ese libro, los integrantes de “Frente Obrero” lo toman como eje de la polémica en sus reuniones internas. De allí, nacen los Cuadernos de Indoamérica, con implacable crítica, redactados por Enrique Rivera en 1952 y recién publicados a mimeógrafo en julio de 1955 (reproducidos luego en la revista Política Obrera, en marzo de 1957). En ese documento se fijan las posiciones de la corriente historiográfica socialista, latinoamericana o federal provinciana, por lo cual puede considerárselo como el punto de partida de la misma.

Los Cuadernos de Indoamérica

Allí aparecen las posiciones claves de esta corriente:
a) Los Cuadernos rechazan la caracterización de la Revolución de Mayo como movimiento separatista y partidario del libre comercio, del cual provendría su carácter reaccionario y pro británico (en lo cual Ramos coincide con Mitre, variando el signo de valor): “Ramos, aunque critica la Historia Oficial, revela que aún no se ha desprendido suficientemente de sus mitos. Acoge como moneda de buena ley la versión que esta nos proporciona de la Revolución de 1810 al asignarle, como objetivos, el libre cambio y la independencia; aprecia que los efectos posteriores de esa revolución han sido desastrosos para América Latina y recurre, precipitadamente, al procedimiento de negarla de plano. Si la Revolución de Mayo tuvo por objeto la independencia y el libre cambio con los ingleses... debemos concluir forzosamente que nuestra revolución es, exclusivamente, inglesa...”. Por el contrario: “La Revolución española es el centro inicial revolucionario cuya fuerza gravitatoria arrastra a toda América hispana. Esta España, la de la Revolución y que ella está unida con América, es justamente lo que omite la leyenda oficial, el revisionismo histórico y el autor del libro que comentamos... No existían en nuestro país, ni en América latina, fuerzas materiales suficientes para desencadenar una revolución democrático-burguesa, aunque sí para apoyarla. El triunfo definitivo de la revolución dependía, forzosamente, de su victoria en el centro revolucionario... La derrota del liberalismo español hizo estallar prematuramente la Revolución, llevó a la separación de América y España y al predominio de la reacción sobre el ideario democrático. Al producirse la separación, nuestro liberalismo quedó constreñido a la base material que le proporcionaba la oligarquía porteña y se hizo antinacional, libre cambista, portuario. Nuestra revolución fue, pues, una revolución burguesa sin burguesía... No fue una revolución contra España, porque no existía una opresión de tipo colonial-nacional, sino de tipo feudal-absolutista... La Revolución en España y en América era una sola y la mima... La nuestra es parte de la revolución española, como ésta lo era de la europea, como lo expresó Alberdi... Al adoptar los mitos de la historiografía oficial sobre la colonia y la revolución, Ramos llega a conclusiones insostenibles, como el carácter reaccionario del liberalismo”.
b) Los Cuadernos insisten, luego, en el gran tema del puerto de Buenos Aires, como llave del comercio, enorme alcancía de los derechos aduaneros y lugar estratégico para definir una política librecambista o proteccionista, tesis que la mayor parte de los investigadores y catedráticos de la Historia Social asumen luego distraídamente, sin indicar dónde y cuándo la aprendieron, para después legitimar esa opresión de la oligarquía porteña como históricamente inevitable, dada “la imposibilidad de desarrollar el capitalismo partiendo del atraso del interior” (por supuesto, omiten toda referencia al Plan de Operaciones de Moreno y al singular desarrollo del Paraguay de los López). En este aspecto, Rivera señala: “Es extraño que Ramos eluda en su libro la consideración del problema preciso y concreto del puerto único y la posesión de la Aduana, que implica, además, fijar la política aduanera, proteccionismo o librecambio... es decir, la cuestión de la Capital... siendo que en la federación, nacionalización o capitalización de Buenos Aires, se concentraban todos estos dilemas de hierro: proteccionismo o librecambio, democracia o dictadura, política nacional o antinacional”. 
c) Otra cuestión que promueve el interés de los hombres de Frente Obrero es la caracterización correcta de los caudillos del interior: “La insuficiencia del desarrollo industrial del interior –afirma Rivera- determinaba que no pudiesen expresar su nacionalismo en la forma de una moderna ideología sino que debiesen acudir a símbolos y elementos heredados del pasado y aún vigentes en la economía natural predominante. Estos símbolos y elementos ideológicos eran inadecuados en relación con la meta histórica y procurar. Así, por ejemplo, Facundo Quiroga, en una etapa, se opne al unitarismo con la divisa ’Religión o muerte’. Expresa, de esta forma, el contenido nacional de su lucha, en el estadio económico-social del interior. Pero, notémoslo bien, esto no significa que el liberalismo fuese reaccionario sino que frente a la política unitaria de la burguesía comercial porteña, revestida de fórmulas liberales, pero despóticas en el fondo, Facundo, como otros caudillos, recurrían a símbolos y elementos ideológicos de carácter ‘reaccionario’ para expresar su antagonismo nacional... Ramos, en lugar de examinar concretamente estas contradicciones, a lo marxista, condena al liberalismo (presenta la política unitaria como una consecuencia necesaria de la ideología liberal) y exalta, por este procedimiento, no la lucha nacional auténtica del interior, sino sus símbolos y elementos ideológicos reaccionarios a que se veía oblegado a acudir. El habla continuamente de ‘montoneras y lanzas’ frente alos doctores y así parece muy popular, muy democrático, muy gauchesco, cuando, en realidad, lo hace, sobre todo, para atacar la ideología liberal de acuerdo con el nacionalismo clerical que en este terreno, como en otros, expresa el profundo reaccionarismo de la burguesía imperialista que renuncia a la propia ideología liberal de su pasado revolucionario, ascendente, para retomar al medioevo en el terreno ideológico”.

d) Otro motivo de crítica es el exultante rosismo de Ramos, tan fervorosamente aclamado por Manuel Gálvez y José María Rosa. En América Latina, un país, Ramos sostiene: “Rosas permite de hecho un desarrollo autónomo de la economía argentina”, “impuso la unidad nacional y las tendencias separatistas desaparecieron”, “unificó las provincias del Río de la Plata ahogando las tentativas aislacionistas de los caudillos”, “su derrota (la de Rosas) abre el período de aniquilamiento de la evolución argentina hacia un ciclo capitalista independiente”. A esto, Rivera le opone la siguiente argumentación: “El régimen de Rosas es nacional y en este aspecto progresivo, respecto del unitarismo que llevaba a la colonización por el extranjero y lo es, en la medida en que la economía ganaderil-saladerista de la provincia de Buenos Aires, montada sobre bases capitalistas, es nacional y parte del país. Pero es antinacional en cuanto, en lugar de orientarse hacia la transformación industrial de todo el país, se pone contra ella. Por eso, mantiene en su poder la aduana bonaerense, por eso se niega a la organización del país en base al sistema federativo... Rosas expresa la resistencia nacional de todo el país a convertirse en colonia... pero no va más allá, es decir, no asume la bandera de la transformación del país en un país capitalista independiente. No la asume porque la clase ganadera no puede adoptar una política proteccionista y de desarrollo nacional, pues su mercado está en el exterior... El régimen de Rosas tenía ciertos caracteres nacionales –que no iban más allá de la semicolonia- pero que eran nacionales. Ramos, si deseaba rebatir la leyenda unitaria, podía y debía haberlo precisado a lo marxista. Pero,  no. Hace una apología de Rosas y el rosismo desvinculándolo ‘hasta cierto punto’ de la burguesía ganadera y saladeril y exalta, en cambio, sus aspectos ideológicos reaccionarios, que denuncian la limitación histórica de ese régimen, a la que hipostasía  su ‘nacionalismo’ presentándolo como tendiente a construir un país capitalista independiente, lo que es falso. En pocas palabras, hace lo mismo que los nacionalistas clericales, que sueñan con un régimen burgués nacional pero, al propio tiempo, antiobrero, es decir, reaccionario, corporativista, clerical. Por eso es que Ramos identifica, falsa y capciosamente, liberalismo con unitarismo y a eso tiende su demostración”.
e) De estas elaboraciones colectivas de los integrantes de “Frente Obrero” nace también la crítica a la posición de Ramos que marca la derrota nacional en Caseros y no en Pavón. Reformulan, entonces, el papel de Urquiza, ya no el héroe liberal de los textos escolares, ni tampoco el brazo ejecutor de la política extranjera, sino el caudillo conciliador del litoral.
Del mismo modo, la profundización de este período les permite definir la tajante hostilidad entre mitrismo y roquismo (entre 1874 y 1880). “Soy nieto de un capitán roquista e hijo de un radical provinciano –recuerda Narvaja-. Mi familia es de Córdoba y estudié en Santa Fe a donde concurrían muchos estudiantes del interior. Eso me facilitó la comprensión del problema nacional. Esas circunstancias peculiares de mi vida me permitieron entender la importancia del roquismo en el ’80.”
La posición de esta corriente respecto del roquismo –como contracara del mitrismo en 1880- ha generado fuertes críticas y posiciones encontradas aun dentro del campo antiimperialista (para Jauretche es un “acierto”, para Hernández Arregui, “la tesis no es falsa, sino exagerada”). Desde el marxismo, ese frente de clases del interior enfrentado a la oligarquía porteña resulta casi indiscutible como interpretación de una época donde el seudomarxismo (desde Juan B. Justo hasta Milcíades Peña) pretende explicar enfrentamientos donde se producen ¡3.000 muertos! Como meros choques de “ambiciones de poder” entre sectores políticos que “eran lo mismo”. Años después, Alfredo Terzaga demuestra que la mayoría de las apoyaturas de Roca en el interior eran de extracción federal e incluso montonera (Carlos Juan Rodríguez, el Dr. Francisco Alvarez, Absalón Rojas, los Saá, Manuel Olascoaga, Francisco Fernández, Mantero, O. Andrade, J. Hernández, Alvear, Iriondo, etc.). Lamentablemente, Terzaga fallece sin concluir su obra, donde hubiese demostrado que Roca claudicaba finalmente –como lo señala Jauretche- sin que ello implicase, para un pensamiento dialéctico, desconocer el rol jugado en 1880 al frente de “los chinos” que constituían la “mazorca”, según los diarios porteños de entonces.
Cabe, sin embargo, acotar que la circunstancia de que Ramos use posteriormente esta tesis para formularles un guiño a las Fuerzas Armadas en la búsqueda de un general nacionalista, debilita su seriedad. Asimismo, la propensión imperante a aplicar un criterios individualista de la historia a través del cual el propio Roca –por su campaña del desierto, correctamente enjuiciada desde “los derechos humanos”- contribuye a la descalificación del roquismo, por supuesto con la algazara del mitrismo. De ese modo, los nexos históricos comprobables –entre el federalismo y el roquismo, y entre el roquismo y el yrigoyenismo- son negados por la mayor parte de la intelectualidad, sin que, por otra parte, se formule alguna otra explicación científica, desde el punto de vista de las clases sociales, para hacer luz sobre el nudo histórico 1880-1890, donde desaparece el viejo país y nacen los partidos políticos modernos.
(Texto tomado del suplemento de la revista Veintitrés “20 cuadernos para la Otra Historia”, fascículo 10).

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h) La federalización de la ciudad de Buenos Aires.
Asimismo, esta corriente socialista fija su posición, por vez primera, respecto de la federalización de la ciudad de Buenos Aires, refutando a aquellos que consideran ese suceso como punto de partida del poder oligárquico: “No podemos menos que preguntar a aquellos que sostienen que la capitalización de Buenos Aires, en 1880 (apoyada por Avellaneda, Roca y Hernández, contra Tejedor, Mitre y Alem), significó el dominio real del país por la oligarquía porteña, ¿qué había existido antes de esa capitalización, la cual no era además, como hemos dicho repetidas veces, sino una legítima restitución al pueblo argentino de su capital nacional, indebidamente retenida por una sola provincia? ¿Justamente cuando todo el país puede disponer de los ingresos de la Aduana que todo el país paga y caduca la omnipotencia de la Provincia-Metrópoli y su explotación feudal comienza el dominio de la oligarquía porteña? ¿O señala, en realidad, la toma del primer y decisivo baluarte de la oligarquía bonaerense, al colocarse el país en condiciones de darle eficazmente batalla? Que la influencia del imperialismo, la destrucción y la deformación unilateral de la economía consoliden a esa oligarquía luego, nada tiene que ver con la federalización de Buenos Aires; y el hecho de que durante todo un considerable período histórico la detentase la oligarquía, derivando de ello su inconstrastable poder sobre el pueblo argentino-, sí tiene que ver con aquella influencia y aquella deformación, al destruir las bases y elementos en qué sustentar una política nacional. Tal fue el papel de Rivadavia, Rosas y Mitre; tal fue su política”.
Quedan así trazadas las líneas fundamentales del revisionismo histórico socialista. Las grandes cuestiones de nuestro desarrollo histórico (libre importación, Aduana y puerto únicos, naturaleza hispanoamericana de la revolución, guerra del Paraguay y federalización de Buenos Aires, entre otras) cuya trascendencia, hasta este momento, sólo había sido advertida por algunos precursores, pero más bien de modo fragmentario y no articuladas, aparecen, ahora, en un relato único, coherente y, a la vez, apasionante. Estas posiciones, resultan ratificadas, para esa misma época, en Lisandro de la Torre y la pampa gringa, preparado  por Rugo Silvestre bajo el seudónimo H. García Ledesma (años después, la caracterización de “pampa gringa”, para designar la zona agropecuaria donde predomina la chacra explotada por los inmigrantes, se usa en la cátedra universitaria y en la investigación, aunque se ignora a este libro, así como se omite explicar cuándo y dónde nació esa denominación).
En este ensayo se analiza no sólo la base social de la Democracia Progresista, sino también sus limitaciones políticas y por ende, las de su líder, L. De la Torre.
En la misma línea, bajo el seudónimo Lucía Tristán, Jorge Enea Spilimbergo publica Irigoyen y la intransigencia radical, en septiembre de 1955, retomando la correcta línea que había ya marcado Aurelio Garro (y que Ramos desvirtuara en su biografía de Alem bajo el seudónimo “Víctor Guerrero”, al caracterizar a Alem como expresión de la intransigencia, ignorando su proclividad hacia el mitrismo).

7. Revolución y contrarrevolución en la Argentina.
Con posterioridad a la caída de Perón, en 1955, así como los trabajadores se lanzaron a la resistencia, con “caños” y sabotajes, así también un reducido número de intelectuales dieron batalla al pensamiento dominante.
Uno de ellos fue precisamente Ramos, quien, en julio de 1957, lanza su rectificación de América Latina, un país, depurándolo de la carga nacionalista y ampliándolo, bajo el título Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Una lectura atenta del prólogo explica el motivo del libro, así como las influencias que obraron sobre él: “El lector que conoce mis libros y escritos anteriores advertirá que he reelaborado en parte o talmente la interpretación de hechos y personajes de nuestro pasado. Bajo la firma de Víctor Almagro, en el diario Democracia, adelanté, en horas críticas, algunas ideas históricas que en este libro se remodelan y amplían. También me expresé en tal sentido en un reportaje publicado en la revista Esto Es, en 1954, y en mi ensayo Crisis y Resurrección de la literatura argentina. A los buscadores e papeles viejos les recordaré, con una sonrisa, las palabras de Menéndez y Pelayo: “Nada envejece tanto como un libro de historia”. Después, agrega: “Desde que en América Latina: un país planteara, por primera vez, un nuevo enjuiciamiento de la historia argentina, han pasado ocho años. Amigos y enemigos contribuyeron, generosamente, con sus críticas a estas páginas que hoy ven la luz y que constituyen algo así como una síntesis de los puntos de vista de toda una generación. ‘Eran muchas voces y se oía una sola voz’, cantó un día el poeta antillano Manuel del Cabral”.
Este prólogo provoca un comentario de Aurelio Narvaja, en estos términos: “... Deberíamos pensar que desde que el diputado peronista de procedencia conservadora, Emilio Visca secuestrara América Latina: un país, se produjo, hasta 1957, año en que ve la luz Revolución y contrarrevolución, una masiva irrupción de documentos capaces de dar razón de juicios tan dispares o antagónicos como estimar al liberalismo, reaccionario en América latina (1949) y revolucionarios (1957), a la Revolución de Mayo como un motín impopular de 250 personas (1949) y como una gigantesca conmoción revolucionaria nacional y popular latinoamericana (1957), a Rosas como precursor de una política nacional en l sentido moderno de la palabra (1949) y como representante sólo de un limitado nacionalismo bonaerense, opuesto en tal carácter al verdadero nacionalismo (1957), a la capitalización de Buenos Aires como un hecho reaccionario (1949) y como una revolución progresiva (1957), a Roca como prototipo de la oligarquía (1949) y a Roca como líder nacional (1957)... Ramos, al advertirnos que ha ‘reelaborado’ una parte o totalmente la interpretación del pasado, utiliza un eufemismo. Reelaborar una interpretación no es lo mismo que sustituirla por otra interpretación. Obligado a confesarse, lo hace púdicamente... Dice que amigos y enemigos ‘contribuyeron generosamente con su crítica’... Es lástima que no nos diga cuáles fueron esos aportes. ‘Eran muchas voces, pero se oíga una sola voz?, por supuesto, la de Jorge Abelardo Ramos. Es mucha generosidad la que confiere a estos amigos y enemigos... En Revolución y contrarrevolución, Ramos asume todas absolutamente todas, las críticas hechas por nosotros a América Latina, un país y publica el  libro como si fuera producto de una reelaboración suya. En posteriores ediciones, incluso omite esa referencia de que ‘había muchas voces’, eliminando el último vestigio que pudiera provocar duradas sobre su exclusiva paternidad sobre esas ideas. Esto tiene importancia –no por una cuestión de prestigio personal, pues lo importante es que las ideas se difundan- porque si son creación exclusiva de Ramos, sus bandazos oportunistas no sólo afectan la imagen de Ramos como político, sino que también deterioran la validez de esas posiciones históricas... Por eso, resulta importante deslindar estas ideas, respecto al oportunismo”.
Revolución y contrarrevolución en la Argentina constituye –según Jauretche- “el ensayo más agudo que ha producido el revisionismo histórico, sin desmerecer el libro de Ernesto Palacio. No es el libro de un investigador, ni de un historiador, pero es un libro síntesis que ordena materiales y extrae conclusiones”. A su vez, Juan José Hernández Arregui lo juzga de este modo: “Este libro es la consecuencia del desarrollo de las ideas políticas en la Argentina, su florecimiento marxista, ni definitivo ni irrefutable en los detalles, pero decisivo en la orientación futura del pensamiento histórico argentino”.
En cambio, provoca fuertes críticas desde los sectores académicos  -que le imputan ausencia de fuentes historiográficas- hasta sectores de la izquierda que lo repudian con virulencia (Milcíades Peña, en el artículo Desvergüenza y contravergüenza en la cortesana roja de Apold, lo califica de “monumento al macaneo”.
El libro se reedita varias veces, pero la edición de 1965, dos tomos resulta más importante por desarrollarse los temas con mayor amplitud, por la inserción de un capítulo dedicado a reivindicar a Artigas y por el agregado del aparato erudito referido a las fuentes. Asimismo, Ramos retoma aquí la tesis de la renta agraria diferencial que aparecía ya en el libro José Hernández y la guerra del Paraguay, tesis que desarrolla, en 1959, Alberto Methol Ferré en La crisis del Uruguay y el Imperio Británico, y enriquece, más tarde, Jorge Enea Spilimbergo en el documento Clase Obrera y Poder presentado al III Congreso del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, en 1964: “La renta agraria diferencial será el secreto estructural de la crisis argentina. Oligarquía capitalista mas no burguesa, esta clase no transferirá la masa de capital adquirido por las ventajas de la renta diferencial y la reducida mano de obra empleada, para invertirla en las ramas básicas de la industria”.
La resonancia alcanzada por la corriente socialista en esos años –a través de varios libros y autores, pero especialmente debido a Revolución y contrarrevolución en la Argentina- provoca no sólo el silenciamiento y desdén del mundo intelectual ligado a la clase dominante, sino la réplica ardorosa desde un sector del trotskismo, tradicionalmente enfrentado a “Frente Obrero” en razón de la cuestión nacional: la fracción liderada por Nahuel Moreno, inicialmente GOM (Grupo Obrero Marxista) y luego POR (Partido Obrero Revolucionario).

 

Carta enviada por Daniel Vicente González a la revista Veintitrés, en respuesta a Norberto Galasso.

Sr. Director
Revista Veintitrés

De mi consideración:

He leído con sorpresa los fascículos número 10 y 11 que, con el ambicioso
título de "20 Cuadernos para la Otra Historia" incluyen ustedes en la
revista con la firma de Norberto Galasso.

He llegado a la conclusión que la animosidad que allí expresa Galasso contra
Jorge Abelardo Ramos es sólo comparable a la que, en su momento, ejercía
Milcíades Peña, que dedicó casi toda su vida y obra a refutarlo. De Galasso
uno podría esperar, en todo caso, lo contrario ya que todas y cada una de
sus ideas historiográficas provienen de la "izquierda nacional", grupo
político del cual Ramos ha sido uno de los creadores y el principal ideólogo
y militante a lo largo de toda su vida. Las injusticias de Galasso para con
Ramos son incomprensibles y no pueden ser adjudicadas a la ignorancia ya que
Galasso es un amplio conocedor de la obra de Ramos.

Galasso sabe, por ejemplo, que América Latina: un país fue escrito por Ramos
cuando éste contaba con apenas 27 años de edad y que luego, en Historia de
la Nación Latinoamericana y Revolución y Contrarrevolución en la Argentina,
Ramos despliega con mayor amplitud sus puntos de vista sobre la historia
nacional y latinoamericana, modificando algunos enfoques que había sostenido
en su juventud.

Ramos mismo explica los motivos de estos cambios en el prólogo a la primera
edición de Historia de la Nación Latinoamericana:

“Mi libro de hace dos décadas (América Latina: un país) ... adolecía de una
ambición juvenil totalmente explicable. Se proponía exponer e historiar la
cuestión nacional latinoamericana y descifrar al mismo tiempo los enigmas
incontables de una historia argentina petrificada. ¡Era algo excesivo! ...”
“Para rendir completa justicia a “América Latina: un país”, agregaré que si
bien adelantaba en sus páginas el núcleo de la tesis unificadora, el estado
de mis conocimientos en esa época me impidió expresar en toda su íntima
complejidad los factores histórico-sociales que posibilitaron el proyecto de
Bolívar al mismo tiempo que decidieron su ruina. Aunque el libro constituía
un paso adelante, no me resultaba totalmente satisfactorio. A medida que
estudiaba mejor el problema y que la lucha política por la constitución de
la Izquierda Nacional en la Argentina me iluminaba sobre la necesidad de un
retorno al concepto bolivariano del espacio nacional, llegaba a la
conclusión de que reeditar aquella obra era insuficiente, que había cumplido
su tarea y que era mejor dejarla morir en paz, con sus aciertos y extravíos.
Se imponía escribir una historia completa de los combates físicos y teóricos
librados para unificar América Latina. De esa certidumbre nació el presente
trabajo”.

América Latina: un país fue apenas un boceto juvenil de la obra que Ramos
desplegaría plenamente en los años siguientes y sólo una persona muy
distraída podría tomarlo como un producto acabado y definitivo, digno de los
largos párrafos de refutación que le prodiga Galasso. Es sorprendente que se
mencione y adjudique importancia al "nacionalismo rosista" de Ramos o a su
"anti roquismo", por ejemplo, pues cualquiera que haya leído sus obras –y
Galasso lo ha hecho con denuedo y prolijidad- sabe que esos puntos de vista
no reflejan el pensamiento ulterior de Ramos.

Más adelante Galasso acepta que Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina modifica muchas de sus posiciones, precisamente sobre Rosas, Roca y, en una edición  posterior, sobre Artigas. Pero tampoco Galasso encuentra mérito en esto pues adjudica estos cambios -que llama "rectificación"- a una mera copia de los
textos e ideas de Aurelio Narvaja, un pensador sin duda meritorio, que
lamentablemente se retiró de la vida pública y la política militante hacia
1946. En varios textos Ramos ha reconocido el aporte de Narvaja a la
“izquierda nacional”. En 1990, cuando ejercía su cargo de embajador en
México, al enterarse de la muerte de Narvaja, Ramos escribió unas páginas en
su memoria (pueden consultarse en www.abelardoramos.com.ar) en las que
reconoce todas y cada unas de las ideas de Narvaja y en las que Ramos le
adjudica, por ejemplo, haber inventado el vocablo “peronista” y también la
idea de asociar el adjetivo  “nacional”, por primera vez, a la izquierda
socialista.

Galasso sabe que Ramos no era un historiador, en el sentido clásico, ni un
doctrinario, sino un militante político que escribía y perfeccionaba sus
puntos de vista obrando sobre la materia viva; que no repetía una y otra vez
las presuntas certezas de sus años de juventud como si fueran verdades
irrefutables y definitivas sino que las reformulaba y enriquecía
permanentemente a la luz del devenir histórico y político. Lo suyo jamás fue
un ejercicio de taxidermia sobre episodios de nuestra historia nacional.

Pero quizá el mayor atrevimiento de Galasso en su alusión a Ramos consista
en afirmar que "Ramos no alcanza a comprender la importancia de los sucesos
ocurridos el 17 de octubre de 1945" y cita a continuación un párrafo
adjudicado a un Abelardo Ramos de... ¡24 años de edad! Galasso no ignora que
Ramos y la "izquierda nacional" (de la que el propio Galasso formó parte
durante varios años, hasta que fue expulsado) han hecho importantes aportes para explicar al peronismo con el instrumental teórico del marxismo clásico. Quizá Ramos haya contribuido decisivamente a las ideas y la comprensión que el propio Galasso
tiene acerca de Perón y el peronismo. En cierto modo, y sin restarle mérito
a su frondosa, muy extendida y voluminosa obra, todo lo que ha escrito Galasso ya ha sido escrito previamente por Jorge Abelardo Ramos. Pero si
Ramos ha podido contagiarle sus ideas y su entusiasmo por los temas de la
historia nacional y latinoamericana, no ha logrado transmitirle ni la
brillantez de su pluma ni su estilo cautivante.

Claro que no me atrevo a arriesgar ninguna hipótesis acerca de los motivos
por los cuales Galasso paga tan mal la decisiva influencia de Ramos en su
pensamiento y su obra. Para mí resulta inexplicable aunque cierto es que
Pierre Menard (el personaje creado por Borges, empeñado en reescribir el
Quijote) también miraba con cierto desdén la obra de Cervantes. De todos
modos, prefiero inclinarme a pensar que tanto encarnizamiento quizá sea un
modo tímido y disimulado de la admiración.

Nada más que simple amor a lo que vuela.

Daniel Vicente González

 

 
 
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